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Gestación subrogada: Una vía para crear familias, no para destruirlas

por Laissez Faire Hace 8 años
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Mantengo aprecio y agradecimiento intelectual hacia el profesor Francisco José Contreras por su labor de difusión del liberalismo en muchos asuntos y ámbitos sociales que en ocasiones son desatendidos por los liberales. No en vano, el profesor Contreras es un convencido liberal-conservador que cree posible compatibilizar ambas tradiciones intelectuales para promover una sociedad más próspera y justa.

Y no seré yo quien niegue la existencia de posibles puntos en común entre ambas corrientes de pensamientos: los conservadores —como los liberales— desconfían de la ingeniería social por parte del Estado; los conservadores —como los liberales— tienden a defender principios como la propiedad privada, el cumplimiento de la palabra dada, la responsabilidad individual o la filantropía comunitaria; los conservadores —como los liberales— suelen mantener una visión escéptica acerca de la naturaleza humana, siendo conscientes de que en su interior conviven pulsiones tanto hacia la bondad como hacia la maldad. Es decir, desde luego existe un cierto terreno para el entendimiento entre liberales y conservadores.

Ahora bien, liberalismo no es conservadurismo y en muchas ocasiones ambas tradiciones entran en conflicto. La razón es simple: el objetivo último de todo conservador es el de proteger aquel “orden social natural” que, de acuerdo con su particular visión filosófica, sea más compatible con el ser humano; en cambio, el objetivo último del liberalismo es el de salvaguardar la libertad individual, permitiendo dentro de ese ámbito que cada persona desarrolle aquellos proyectos vitales propios que contribuyen a autorrealizarlo. En demasiadas ocasiones, los conservadores reputarán que aquellas decisiones que una persona toma haciendo uso de su libertad contravendrán el orden natural y que, por tanto, la libertad deberá someterse a las exigencias del orden natural. Y no me refiero a aquellas decisiones que afecten directamente a la libertad de terceros —el propio liberalismo reconoce que la libertad de uno termina donde comienza la del otro, incluyendo entre “el otro” a los menores de edad— sino incluso a aquellas que caigan enteramente dentro de su esfera de libertad: por ejemplo, muchos conservadores —no todos— consideran que debería penalizarse el consumo de drogas, las relaciones homosexuales, el divorcio o la prostitución. Insisto: no estoy hablando de conservadores que reputen malas o indignas tales conductas, sino de conservadores que, por considerarlas malas o indignas, quieran penalizarlas (e incluso prohibirlas).

En todos estos casos, la postura coherente del conservador es la de defender su visión sobre el “orden natural” aun a costa de reprimir la libertad individual. En cambio, la postura coherente del liberal será la de defender la primacía de la libertad individual por encima de ese supuesto —y no necesariamente compartido por todos— orden natural. Es cierto que uno podría tratar de compatibilizar liberalismo y conservadurismo sosteniendo que el ser humano sólo puede autorrealizarse usando su libertad de un modo respetuoso con el orden social natural que promueven los conservadores, pero, dejando de lado que la cosmovisión conservadora sobre la autorrealización personal probablemente sea demasiado estrecha (caminos para alcanzar la felicidad los hay muchos y variados, no todos ellos compatibles con el programa conservador), lo cierto es que el liberal defenderá la libertad individual aun cuando ello conduzca a una persona a equivocarse, mientras que el conservador promoverá teledirigir paternalistamente la libertad de todos los individuos. Por consiguiente, en última instancia, ambas tradiciones terminarán chocando y, en tales casos, los “liberal-conservadores” deberán posicionarse ideológicamente: ¿son liberales o son conservadores?

Hace unos días, el profesor Contreras escribió una réplica contra un artículo mío en el que defendía la gestación subrogada, esto es, una técnica de reproducción asistida donde una pareja (padres comitentes) gesta su embrión en el útero de una mujer subrogada (la cual no está genéticamente relacionada con ese embrión). En contra de la gestación subrogada se han manifestado —aunque por motivos aparentemente distintos— tanto el conservadurismo como el feminismo: los primeros porque reputan que la gestación subrogada atenta contra la gestación natural y los segundos porque rechazan la cosificación del cuerpo de la mujer. Ni unos ni otros, sin embargo, se han planteado —o, si lo han hecho, les ha importado poco— cómo su particular visión ideológica influía sobre la libertad individual: para los conservadores, la defensa de la reproducción natural debe prevalecer sobre un acuerdo voluntario entre padres comitentes y gestante para desarrollar el proceso de reproducción por otros cauces distintos al natural; para las feministas, la no cosificación del cuerpo de la mujer tiene preponderancia sobre el derecho de muchas mujeres particulares a usar su cuerpo como consideren oportuno. Unos y otros, pues, se han aliado para cercenar la libertad individual de muchas parejas y mujeres.

El profesor Contreras se suma en su réplica a las filas conservadoras y, en consecuencia, rechaza la legalización de la gestación subrogada: dentro de su visión liberal-conservadora, ha antepuesto —al menos en este caso concreto— los valores conservadores a los liberales. Para algunos, el debate debería terminar aquí: si lo coherente para el conservadurismo es oponerse a la gestación subrogada (o, al menos, lo coherente para una parte del conservadurismo: en EEUU, los conservadores poseen una visión mucho más positiva y racional sobre la gestación subrogada, hasta el punto de que los nietos del mormón conservador y ex candidato presidencial de los republicanos Mitt Romney fueron engendrados por esta técnica) y lo coherente para para el liberalismo es defenderla, ahí concluye todo. Algunos, sin embargo, pensamos que ahí no termina el debate: que las ideologías no son posicionamientos últimos y cerrados, sino que es posible explorar si las razones aducidas por cada corriente ideológica son razonables o si no lo son.

En este caso concreto, el profesor Contreras se opone a la gestación subrogada por tratarse de un mecanismo que contribuye a debilitar las instituciones tradicionales que garantizan que un niño sea criado por un hombre y una mujer. En concreto, la gestación subrogada rompe el continuum biológico-cultural consistente en “casamiento-procreación-gestación-educación conjunta de la prole” e incluso abre la puerta a distópicos escenarios futuros donde las personas se reproduzcan sin necesidad de contar con una pareja o creen niños a la carta. Es decir, el interés del menor parece desaconsejar, según el profesor Contreras, la gestación subrogada: un argumento que, por cierto, podría conectar con el liberalismo (la libertad de los padres termina donde empieza la libertad del menor).

Diseccionemos críticamente esta argumentación en tres niveles: primero, gestación subrogada no implica filiación extramatrimonial; segundo, aunque la gestación subrogada implicara filiación extramatrimonial, el matrimonio no es la única institución que garantiza una óptima crianza de los hijos; tercero, aunque el matrimonio fuera la única institución que garantizara una óptima crianza de los hijos, la gestación subrogada seguiría siendo legítima.

Gestación subrogada no es filiación extramatrimonial

El profesor Contreras considera que la procreación natural conduce, con las adecuadas instituciones culturales, al matrimonio y éste a la educación conjunta de los menores; por el contrario, la procreación no natural conduciría a la filiación extramatrimonial y a la educación separada de los menores. La trampa del argumento debería ser evidente: por sí sola, la procreación natural no conduce ni al matrimonio ni a la educación conjunta de los hijos (justamente, las relaciones sexuales y los embarazos extramatrimoniales son buena prueba de ello; asimismo, que haya un matrimonio no garantiza que ambos cónyuges se impliquen en la crianza del hijo). Lo que, en todo caso, vincula procreación natural con matrimonio y educación conjunta es, como reconoce el profesor Contreras, la cultura: una cultura que insiste en la necesidad de asociar estos elementos.

Pero si la variable que marca la diferencia es la cultura, ¿por qué entonces esa cultura sólo puede vincular estrechamente procreación natural y matrimonio? ¿Por qué esa misma cultura no puede simplemente insistir en que toda procreación —tanto la natural como la desarrollada mediante técnicas de reproducción asistida— debe ir asociada al matrimonio? Si consideramos que el interés irrenunciable del menor consiste en que sus progenitores estén unidos establemente por matrimonio, ¿por qué no reclamar (o incluso exigir legalmente) que la gestación subrogada sea practicada solo por matrimonios? En ausencia del elemento cultural, la procreación artificial no abre más la puerta a la filiación extramatrimonial que la procreación natural: el reino animal es una obvia evidencia de ello. Y, a la inversa, también puede haber matrimonio y educación conjunta sin procreación natural: es el caso de las adopciones.

A este respecto, por cierto, permítaseme añadir unas líneas sobre la, para tantos conservadores, antinatural y descivilizadora cuestión del matrimonio homosexual; un asunto tangencialmente mencionado en su artículo por el profesor Contreras cuando afirma que “el partido Podemos, de hecho, reclamaba ya el derecho a gestación subrogada también para los solteros y parejas homosexuales”. Una de las críticas conservadoras tradicionales a la legalización del matrimonio homosexual es que el matrimonio era una institución evolutivamente concebida para garantizar la crianza y el adecuado desarrollo de los hijos, y dado que los homosexuales no podían concebir —pues se necesita para ello un hombre y una mujer— el matrimonio era por su propia naturaleza una institución incompatible las relaciones homosexuales. Sin embargo, con las técnicas de reproducción asistida —inseminación artificial en el caso de las lesbianas o fecundación in vitro + gestación subrogada en el caso de los gays— esta crítica cada vez va perdiendo más fundamento (si es que alguna vez la tuvo): no es de recibo argumentar circularmente que los homosexuales no deben tener permitido casarse porque no pueden tener hijos (cuando sí pueden tenerlos si el Estado no se lo prohíbe: técnicas de reproducción asistida) para luego alegar que no debe permitírseles poder tener hijos por cuanto no constituyen una unidad matrimonial. Creo sinceramente que el movimiento conservador tendrá que emprender tarde o temprano una profunda reflexión ideológica sobre si, al buscar excluir a los homosexuales de la institución matrimonial, no han estado justamente promoviendo formas de convivencia entre parejas homosexuales que, según afirman los propios conservadores, son inadecuadas para la naturaleza humana (amancebamiento). ¿No habría sido más inteligente socialmente —incluso desde la propia perspectiva conservadora— promover que las parejas homosexuales sellen un acuerdo de convivencia leal, estable y con proyección de futuro, esto es, un acuerdo matrimonial?

En todo caso, ésa no es una pregunta que deba responder yo —que no soy conservador— sino que deberán ir descubriendo los propios conservadores. Lo que ahora nos ocupa es que no es cierto que no existe un vínculo necesario entre procreación natural y matrimonio: si el matrimonio es la única institución óptima para criar un hijo, esta institución podrá darse con o sin procreación natural (y a la inversa, podrá no darse con o sin procreación natural). Por consiguiente, una persona que defienda el matrimonio como figura institucional óptima para criar a un hijo no tiene por qué oponerse a la gestación subrogada: lo que, en todo caso, tendrá que hacer es vincular (o condicionar) la gestación subrogada al matrimonio (lo mismo sucede con otras técnicas de reproducción asistida como, por ejemplo, la fecundación in vitro: quizá convenga que sólo la practiquen matrimonios, pero esa es una cuestión distinta de si debe estar prohibida en todo caso).

El matrimonio no es la única forma de convivencia familiar óptima

Nótese que he terminado mi anterior argumento con un gran “si”: si el matrimonio es la única institución óptima, entonces habrá que defender que sólo los matrimonios disfruten de acceso a la gestación subrogada (como luego veremos, el argumento conduce realmente a defender que sólo los matrimonios deberían tener permitidos procrear). Sin embargo, la premisa resulta en buena parte discutible: no porque el matrimonio no sea una muy buena institución alrededor de la cual organizar una familia y criar a los hijos (que claro que lo es), sino porque no tiene por qué ser la única institución óptima para ello.

Primero, comencemos resumiendo la muy amplia evidencia empírica existente: los hijos biológicos de familias casadas obtienen, como media, mejores resultados educativos, cognitivos, conductuales y psicosociales (por ejemplo, aquí, aquí, aquí o aquí) que los del resto de familias (monoparentales, filiación extramatrimonial, o segundos matrimonios). Las razones que pueden explicar este comportamiento son relativamente intuitivas: sabemos que el desarrollo de los niños está directamente vinculado con la estabilidad familiar, con el grado de calor y afecto proporcionado por los padres y con los recursos económicos que éstos pueden invertir en su desarrollo. En este sentido, parece lógico que los matrimonios con hijos biológicos tengan relaciones afectivas más estables, más calurosas y con mayor predisposición a destinar recursos económicos a sus hijos. Hasta aquí, pues, parce que el profesor Contreras tiene toda la razón: existe un cierto interés social en preservar el matrimonio como figura jurídico-social con la que criar a los hijos biológicos (pero recordemos que, aunque éste fuera el caso, su única implicación sobre la gestación subrogada sería que deberían practicarla sólo matrimonios).

El problema de pretender extraer tan acelerada conclusión es que la relación de casualidad podría ser la inversa: ¿conduce el matrimonio a relaciones estables, afectuosas y con recursos económicos o, al revés, aquellas parejas estables, afectuosas y con recursos económicos tienden a casarse? No pretendo descartar que la causalidad sea bidireccional (es decir, que la formalización matrimonial de una relación afectiva sana mejore todavía más esa relación), pero desde luego no parece que la dirección causal predominante sea la primera. ¿Por qué? Pues porque los hijos biológicos de parejas estables que contraen matrimonio con posterioridad no mejoran en sus resultados con respecto a la situación previa de amancebamiento (aquí y aquí). De hecho, en aislado, sí sabemos que ni el matrimonio ni la conexión biológica son fuertes determinantes del bienestar de los menores: los hijos criados en segundos matrimonios (donde uno de los padres no es padre biológico) tienen los mismos resultados que los hijos biológicos de parejas de hecho o que los hijos criados en familias monoparentales (aquí y aquí), todos ellos peores que los de matrimonios con hijos biológicos. Además, aunque la ruptura de un matrimonio tiene un impacto muy negativo sobre el bienestar de los hijos, tales efectos negativos ya son observables antes del divorcio (aquí, aquí y aquí): es decir, el divorcio es un síntoma de falta de afecto e inestabilidad en la pareja y eso es lo que repercute negativamente sobre los hijos. Por último, y quizá como resultado más controvertido y molesto para muchos conservadores, los hijos de parejas homosexuales no casadas no muestran peores marcadores emocionales, educativos o psicosociales que los de matrimonios heterosexuales (aquí, aquí, aquí o aquí).

Dicho de otro modo, el desarrollo de los menores sí requiere de un hogar con relaciones afectivas estables y con recursos económicos suficientes; tradicionalmente, ese tipo de hogares —por diversas razones—se caracterizaban por ser matrimonios heterosexuales con hijos biológicos (o dicho de otro modo, las parejas poco afectuosas, sin proyección de futuro o con dificultades financieras tendían a no casarse). Pero el matrimonio no es un prerrequisito para que concurran tales características: como mucho podrá ser un refuerzo positivo para ello. Y al revés: casarse no es garantía de que vaya a crearse un hogar que reúna estas características. Por consiguiente, y como el sentido común también parece indicar, si una pareja —heterosexual u homosexual– establece una unidad familiar estable, afectuosa entre sí y con sus hijos, y con voluntad de educar y de destinar recursos económicos a los menores, entonces el matrimonio no marca la diferencia en la crianza de los menores. Lo relevante es la calidad de las relaciones paterno-filiales, no el tipo de relación jurídica que vincule a los padres.

En definitiva, sólo si la gestación subrogada fuera incompatible con la constitución de ese tipo de entornos familiares de calidad, entonces podría presuponérsele una influencia negativa sobre los hijos así concebidos. Pero no hay tal incompatibilidad: más bien al contrario, empíricamente los padres por gestación subrogada suelen dedicar más tiempo, afecto y recursos a sus hijos que el resto de familias.

El nirvana no justifica prohibir la gestación subrogada

En los apartados anteriores, he explicado por qué la gestación subrogada no es incompatible con la institución matrimonial y por qué la institución matrimonial no es la única que puede proporcionar un entorno familiar adecuado para los hijos. Pero olvidémonos de esos resultados empíricos e imaginemos que la gestación subrogada sí fuera incompatible con la institución familiar y que ésta, a su vez, fuera la única que garantizara un desarrollo óptimo de los menores. ¿Podríamos justificar sólo con ello la prohibición de la gestación subrogada? No, no podríamos.

Al cabo, la premisa que subyace al razonamiento anterior es que todos aquellos entornos familiares que no sean óptimos para los menores deberían ser prohibidos. O dicho de otro modo, toda familia que no se corresponda con un presunto nirvana (matrimonio heterosexual estable y que practica la reproducción natural) no debe tener permitido acceder a la paternidad. Pero esta tesis es tremendamente problemática por dos motivos.

Primero, porque siempre que afirmamos que un determinado entorno familiar es mejor que otro, lo estamos diciendo en términos medios. Es decir, aunque fuera cierto que, por ejemplo, los matrimonios heterosexuales que procreen sin técnicas de reproducción asistida sean mejores padres que el resto de modelos familiares (algo que ya hemos visto que no es cierto: son tan buenos como algunos de esos otros modelos), ello no equivale a decir que todo matrimonio heterosexuales que haya procreado sin técnicas de reproducción asistida constituya una mejor familia para un niño que cualquier otro hogar que no encaje dentro de esa descripción. ¿Podemos prohibir a todo el mundo que recurra a la gestación subrogada pese a que muchos de los que recurrirían a ella serían excelentes padres (incluso mejores que muchos otros modelos de familia nirvana)? Planteemos esa misma pregunta en otros términos: imaginemos que los hijos de familias musulmanas o de familias negras obtuviesen peores marcadores educativos, psicosociales o emocionales que los hijos de familias católicas o de familias blancas. ¿Significaría ello que podríamos prohibir a musulmanes o a negros que procrearan? Imagino que, en ese caso, todos coincidiríamos en que se trataría de ante una inaceptable violación de la libertades personales. ¿Por qué entonces no trasladamos esa misma lógica a las familias que necesitan optar a la gestación subrogada para procrear?

Segundo, porque no hay ninguna razón para detener esa perversa lógica eugenésica a la figura del matrimonio heterosexual que procree naturalmente. Por ejemplo, también conocemos empíricamente que, como media, los hijos de padres inteligentes son más inteligentes que el resto. ¿Significa esto que podemos prohibir la reproducción de aquellos matrimonios heterosexuales con inteligencia por debajo de la media? No me consta que ningún pensador conservador esté impulsando en serio este tipo de políticas eugenésicas, pero es la conclusión lógica de algunos de sus razonamientos contra la gestación subrogada: si ésta debe prohibirse por dar lugar, como media, a entornos familiares menos adecuados que los generados por la reproducción natural (un presupuesto empírico falaz, no lo olvidemos), entonces también deberíamos prohibir la reproducción de aquellas parejas poco inteligentes por, como media, dar lugar a entornos familiares también menos adecuados que los de parejas inteligentes.

Acaso pudiera considerarse que estamos empleando una falacia de reducción al absurdo de los argumentos del profesor Contreras, pero dudo mucho que nadie pueda leer el artículo del profesor sin llegar a la conclusión de que, siguiendo su lógica, no sólo deberíamos prohibir la reproducción mediante gestación subrogada, sino también la reproducción de otro tipo de parejas (familias monoparentales, parejas amancebadas, matrimonios frágiles, etc.). Cito textualmente el argumento central que utiliza el profesor Contreras para oponerse a la gestación subrogada: <<la trivialización del divorcio, la aceptación social de la filiación extramatrimonial, la sustitución gradual del matrimonio por la “unión libre”, han privado al continuum de sus piezas “artificiales”. El resultado es el constante crecimiento del porcentaje de nacimientos extramatrimoniales, y de niños que terminan educándose sin uno de sus progenitores naturales. Pero también el núcleo biológico de la secuencia está siendo desmantelado, a medida que la técnica permite desvincular los diversos segmentos (procreación, gestación, paternidad social) para volver a ensamblarlos en forma distinta. Es claramente el caso de la gestación subrogada, que permite separar y “externalizar” la gestación. Es también el caso de la donación o compraventa de gametos>>. ¿De verdad está el profesor Contreras proponiendo seriamente que, por ejemplo, hemos de prohibir la procreación de aquellas parejas que decidan no casarse? ¿O que deberíamos prohibir el divorcio en interés del menor? No lo creo, pero en tal caso todo su argumento contra la legalización de la gestación subrogada se desmorona.

En suma, una cosa es sostener que el mejor entorno para un hijo es un matrimonio estable (punto que ya hemos matizado en el aparatado anterior) y que, en consecuencia, la sociedad civil debe movilizarse para promover, fomentar y divulgar los matrimonios estables; otra cosa, muy distinta, es que todo aquello que se aleje de ese nirvana deba ser prohibido. Y si no todo lo que se aleje de ese nirvana debe ser prohibido, ¿cómo sostener que la gestación subrogada debe prohibirse por alejarse de ese nirvana?

Otras consideraciones

Aunque no formen parte del tronco argumentativo del artículo, el profesor Contreras también ha planteado dos críticas adicionales a la gestación subrogada que no querría dejar de mencionar. La primera es que la gestación subrogada termina abocándonos lugar al bebé a la carta, <<superando la primitiva “caja negra” de la combinación cromosómica aleatoria, que podía generar niños con deficiencias, o simplemente con un color de ojos distinto al deseado>>. La segunda, que la gestación subrogada provoca secuelas en las madres gestantes y en los niños gestados: <<[La gestación subrogada] es perjudicial para la gestante, que establecerá vínculos emocionales con la criatura que crece en su vientre, vínculos que quedarán traumáticamente interrumpidos tras el parto. Es perjudicial para el hijo, que quedará confundido por la pluralidad de “madres”, y que nunca podrá saber qué entrañas lo llevaron>>.

El primer argumento es erróneo: la gestación subrogada no guarda relación con los bebés a la carta. Como mucho, este fenómeno podría darse a partir de la fecundación in vitro (seleccionando aquellos embriones que mejor encajan con las preferencias de los padres), pero la fecundación in vitro es una técnica distinta de la gestación subrogada. Es decir, puede haber bebés a la carta sin gestación subrogada y puede haber gestación a la carta sin bebés a la carta. El riesgo de bebés a la carta que otea en el horizonte el profesor Contreras podría justificar, como mucho, la prohibición de la fecundación in vitro (o, por afinar más, de una fecundación in vitro que conduzca a la selección caprichosa de embriones), pero no de la gestación subrogada.

El segundo argumento, como ya expliqué en el artículo original al que el profesor Contreras da réplica, también es erróneo: no hay evidencias de que ni las mujeres gestantes ni los menores concebidos por gestación subrogada sufran secuelas psicológicas.

Conclusión

El profesor Contreras se opone a la legalización de la gestación subrogada argumentando que se trata de un paso más para debilitar la secuencia natural-cultural que liga la procreación natural con la creación de un entorno matrimonial óptimo para la crianza de los hijos. Sin embargo, ya hemos explicado que, primero, gestación subrogada y matrimonio no son incompatibles, ya que la gestación subrogada puede ser practicada justamente por un matrimonio; segundo, que aunque lo fueran, el matrimonio no es la única figura que permite una crianza adecuada de los hijos, pues lo verdaderamente relevante para esa crianza es la existencia de unos padres que mantengan relación afectuosa estable y con cierta seguridad económica (estén esos padres unidos por un vínculo matrimonial o no); y tercero, que aunque el matrimonio fuera el único marco jurídico óptimo para la crianza de los menores, ello no justificaría prohibir la gestación subrogada, al igual que tampoco justifica prohibir la procreación entre padres no unidos mediante un vínculo matrimonial.

Como decíamos al comienzo, que una persona prefiera ideológicamente el conservadurismo al liberalismo —y, por tanto, que prefiera la preponderancia de su visión particular del orden natural por encima del respeto escrupuloso a la libertad individual— no la exime de ofrecer buenas y coherentes razones para respaldar sus posiciones. Y, en este caso, la oposición del profesor Contreras a la gestación subrogada no se sostiene: no ya desde la perspectiva de un liberal, sino incluso analizando críticamente las razones aducidas por un conservador.


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