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El mandato de las urnas

por Vindicator Hace 10 años
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EL pasado fin de semana, mientras caía fuertemente la lluvia contra los cristales, acudí al estante de los DVDs, y puse una vieja película de John Ford, “Las Uvas de la Ira”, en la que se retratan crudamente los efectos de la Gran Depresión en los ciudadanos de base. En la última escena de la película la actriz Jane Darwell (que obtuvo el Oscar a la mejor actriz de reparto por su actuación) le dice a su desesperado marido “…esto se tiene que solucionar, se va a solucionar, porque no pueden dejarnos así, porque nosotros somos el pueblo…”

Acabe de ver la película y no pude por menos que hacer una comparativa entre la situación que retrató magistralmente John Steinbeck en su novela, seguramente por experiencias reales vividas en los años treinta, y lo que nos está ocurriendo hoy en día en España. Los bancos desahuciaban a los agricultores de sus granjas en la novela; ahora les quitan sus pisos. Los bancos no daban crédito a la gente; ahora tampoco. El paro estaba entre el 25% y el 30% en Estados Unidos; aquí también. La desesperación empezaba a llevar a la gente a rebelarse contra la situación, lo cual parece que ahora está empezando a ocurrir.

Pero lo que más me preocupa es que durante diez años Estados Unidos luchó contra la Gran Depresión, y no pudo vencerla, y eso que tenía la política monetaria para poder actuar, cosa que nosotros no tenemos; y que sus gobernantes eran sabios y no subían los impuestos para tratar que los ciudadanos tuvieran renta disponible y se incrementara el consumo y el ahorro, y con ello las ventas de las empresas, lo cual se debería traducir en empleo (vamos, lo mismo que hacen ahora nuestros próceres). No, la política del “New Deal” de Franklin Delano Roosevelt no consiguió vencer a la Gran Depresión, y tuvo que ser la Segunda Guerra Mundial, con la obligada transformación de la economía americana a una Economía de Guerra, la que hizo que Estados Unidos resolviera sus problemas económicos. ¿Cómo? Con inversión pública, desarrollando la producción bélica.

Está claro que ahora no hay que desarrollar la industria bélica, pero a lo mejor con inversión pública se podrían hacer otras cosas, y con ello generar empleo, que incluso podría ser productivo, en vez de dedicar todo el dinero que se tiene y el que se pide prestado, a rescatar bancos y autopistas, lo cual no producirá nada, salvo más Deuda Pública.

Cuando uno decide dedicarse a la Política, debe tener muy claro hacia dónde va. Un cargo electo es un representante del pueblo, que le otorga su voto para que le represente. La Política no puede ser un medio para conseguir visibilidad y luego colocarse de Consejero en una o varias empresas importantes. Y no digamos ya para enriquecerse.

El mandato de las urnas es muy importante, y no puede ser adulterado. Si uno plantea un programa electoral, tiene que cumplirlo, porque eso es lo que ha votado el pueblo. Y más si se tiene mayoría absoluta. No se puede dejar al pueblo en la cuneta, como se quejaba la actriz en la película, para salvar las estructuras oligárquicas de los poderosos, y para salvaguardar las responsabilidades de personas que nunca debieron tenerlas, aunque tengan el carnet de nuestro mismo Partido.

No se pueden aplicar recetas de laboratorio influenciadas por determinados grupos de presión que sólo miran por los intereses, mientras el 26% de la población está en paro y no tiene expectativas de conseguir empleo. No se puede plantear como un gran logro el nacionalizar las autopistas radiales con una quita del 50%, cuando los españoles no teníamos que pagar ni un solo euro por ellas, ya que son entidades privadas, y si quiebran, que sufran sus accionistas y sus acreedores, no el resto de los españoles.

El político tiene que gobernar pensando en el pueblo, en lo que le conviene a las personas de base, que son las que han depositado los votos en las urnas, las que han dado su mandato, Y cuando se ignora al pueblo, sólo se puede tener una respuesta: el ostracismo. Los antiguos griegos votaban en su mal llamada democracia la gestión de los políticos, y sus votos se incorporaban dentro de unos pequeños recipientes de arcilla (llamados ostrakas) en relación a si se exiliaba durante diez años a un gobernante que no les hubiera gustado (de donde viene la frase “condenar al ostracismo”).

Ahora, somos más civilizados. Les buscamos una poltrona en Europa, o un buen Consejo en alguna empresa “afín”. Pero, ¿hasta cuándo se va a seguir manteniendo este modelo? Se puede ignorar permanentemente el mandato de las urnas, actuar en contra de los intereses del pueblo, y luego obtener una “merecida” recompensa por los servicios prestados.

Los españoles tenemos la respuesta el próximo día 25 de mayo. Y tenemos en nuestra mano juzgar lo ocurrido en las tres últimas legislaturas.


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