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El modelo económico japonés de preguerra: los Zaibatsu

por CapitalBolsa Hace 5 años
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Japón está surgiendo de nuevo con crecimientos esperados superiores a los del resto de países desarrollados, al calor de las constantes inyecciones de liquidez de su Banco Central, así como de una fuerte devaluación de su divisa, que le permite ser mucho más competitivo. De este modo, supera una época de cierta cerrazón económica y vuelve a ganar protagonismo internacional. No es el primer renacimiento del país tras una época convulsa, como les relatamos a continuación…

A finales del siglo XIX, Japón seguía siendo básicamente una sociedad feudal y preindustrial, basada en estructuras de clase social. Aunque en teoría el poder lo ostentaba el Emperador, desde su palacio en Kioto, la realidad del país estaba controlada por el Shogun Tokugawa, desde el Castillo de Edo (actual Tokio), que delegaba en 180 nobles (los Daimyo) el poder sobre los distintos departamentos del país. Esta delegación del poder ejecutivo databa de siglos, hacia el 1600, y los Shogunes habían consolidado el poder económico y social, frente a la tradición nobiliaria y el poder moral de la corte de Kioto. Durante ese periodo, Japón estaba realmente cerrado al mundo, y solamente llevaba a cabo algunos intercambios comerciales con Corea y los holandeses, como sustitutos de sus anteriores socios comerciales, básicamente las colonias españolas y fundamentalmente portuguesas en el Pacífico. Era la política conocida como Sakoku, o “país cerrado”, según la cual ningún extranjero podría entrar en Japón, y ningún japonés podría salir, bajo pena de muerte.

No obstante, la situación iba a cambiar repentinamente. En 1852, un alto oficial de la armada estadounidense, el Comodoro Matthew C. Perry, penetró en la Bahía de Tokio al mando de una flota pertrechada para el combate (las Black Ships). Fondeó en la bahía, apunto sus cañones hacia las posiciones japonesas, izó una bandera blanca, y pidió cordialmente entregar a las autoridades una carta de amistad del Presidente Millford y un borrador de tratado comercial con los Estados Unidos, que estaban empezando a interesarse seriamente por el comercio en el Pacífico, ante el férreo control de los europeos sobre las rutas comerciales en el Atlántico (como bien descubrimos algunas décadas después los españoles en Filipinas). En caso contrario, ante cualquier gesto que pudieran considerar hostil, la cosa terminaba a cañonazos. Ante tan amigable gesto de buena voluntad, los japoneses recibieron al enviado, recogieron la carta, y cuando la flota partió, reforzaron sus posiciones defensivas en la bahía. Convencido de que sus deseos de amistad no habían sido suficientemente valorados por los japoneses, el Comodoro Perry regresó a Tokio en 1854 con una flota el doble de poderosa que la anterior, y de nuevo bajo la amenaza de liarse a cañonazos, fue recibido por las autoridades de Tokio, a las cuales, esta vez sí, convenció de la amigabilidad de la US Navy.

Fruto de tan buen entendimiento se firmó la Convención de Kanagawa, donde Japón cedía como puertos francos los de Shimoda y Hakodate, establecía unos impuestos muy bajos a las importaciones desde Estados Unidos, y abría delegaciones comerciales en muy buenas condiciones. De un plumazo, terminaban dos siglos de cerrazón japonesa. Sin embargo, el tratado había sido firmado por el Shogun, y no por la Casa Real. Quizás por su visión más tradicional de las cosas, o quizás porque no había conocido en persona al Comodoro y sus cañones Paixhans calibre 10 pulgadas, al Emperador le pareció que el acuerdo era humillante para Japón, y que las condiciones distaban mucho de ser justas. Ese fue el punto de partida de una serie de tensiones entre el Shogunato y la Casa Imperial, que terminó en guerra civil, la Guerra Boshin, tras el ascenso del nuevo Emperador Meiji al trono, en 1868. Meiji el Grande había ascendido al Trono del Crisantemo un año antes, a la edad de catorce años. Sus asesores estaban muy por la labor de recuperar el poder ejecutivo para la Casa Real, y también por promover una serie de reformas que permitieran a Japón abandonar el modelo feudal y estructurarse como una sociedad moderna. La guerra finalizó con la derrota de los Shogunes y la caída del Castillo de Edo, en 1869.

Tras hacerse con el poder, comenzó la Era Meiji, o aperturismo nipón. Y en ese periodo, surgió una forma de organización empresarial conocida como Zaibatsu. Básicamente, consistía en un holding propiedad de una familia, y encabezado por una entidad financiera. Por debajo, colgaban negocios industriales de toda índole, que recibían financiación del banco de cabecera del Zaibatsu. Durante la Era Meiji, que finalizó en 1912, surgieron los cuatro grandes Zaibatsus: Mitsubishi, Mitsui, Sumitomo y Yasuda. En un país donde todo estaba por hacer, el negocio de los Zuibatsus comenzó a crecer como la espuma, básicamente por el gran volumen de negocio que conseguían a través de contratos públicos, y muy especialmente contratos de armamento. El nacionalismo japonés estaba creciendo deprisa, y ya en la década de los años 1900, Japón se había convertido en una gran potencia local, que se permitía incluso incursiones militares en el Asia continental, con conflictos armados en China y Rusia.

En los años 30, con el mundo sumido en una gran crisis económica, Japón  proseguía con un impresionante desarrollo militar e industrial, y se permitía ya conquistas en el continente. Los Zaibatsus ganaron tremendas cantidades de dinero especulando con divisas, manteniendo bajos los costes laborales gracias a sus prácticas monopolísticas, y gracias también a su vital importancia en la vida política (Mitsubishi y Mitsui tenían sus propios partidos políticos), que les permitía seguir impulsando el discurso nacionalista y militarista que tantos beneficios les estaba reportando: los cuatro grandes controlaban el 30% de la producción química y minera del país, el 50% de la producción industrial y el 60% del mercado de valores, a los cuales hay que sumar la cuota de mercado de otros Zaibatsus de menor entidad, como Nomura, Nissan, Kawasaki o Matsushita (posteriormente, Panasonic).

Y como bien es sabido, la política nacionalista y expansionista de Japón terminó en guerra, guerra que perdió. Cuando los Estados Unidos ocuparon Japón, encontraron esta estructura empresarial que consideraron profundamente antidemocrática y peligrosa, ya que, como hemos comentado, detrás de cada Zaibatsu estaba una única familia, y las acciones libremente negociadas eran realmente escasas. En el marco del New Deal de Roosevelt, las políticas monopolísticas tenían un encaje muy difícil, así que se hicieron intentos de disolver estos conglomerados. Sin embargo, también permitían un control bastante eficiente de los medios productivos del país, y estaban muy profundamente arraigados en el sentir del pueblo y los trabajadores japoneses. Así que las estrictas órdenes de disolución que llegaron desde Washington en un principio fueron finalmente suavizadas, y solamente se requirió una mayor apertura a la sociedad, requisando la mayoría del capital a las familias que ostentaban su control originalmente, junto con medidas para fomentar una mayor competencia en el mercado.

La ruptura de las férreas participaciones de control vertical tanto en la matriz como en las subsidiarias típicas de los Zaibatsus fueron sustituidas por estructuras mucho más horizontales y basadas en participaciones cruzadas, creando los Keiretsus, que son las estructuras que encontramos actualmente, aunque los nombres de sus predecesores se mantengan.

Banca Marcha. Alejandro Vidal Crespo

Responsable de Estrategia, Banca Patrimonial


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