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El dinero tonto lo tiene muy difícil para dejar de ser tonto

por Carlos Montero Hace 1 mes
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En alguna ocasión les he hablado en estas páginas de los términos "dinero inteligente" y "dinero tonto". Repetiré lo que se entiende en el mercado por estos conceptos por si alguien no lo sabe. "Dinero inteligente" es aquel que proviene fundamentalmente de grandes inversores institucionales, empresas de capital riesgo e insiders, y se llama así porque históricamente han demostrado superar en rentabilidad la media del conjunto de inversores. Por el contrario, "dinero tonto" es aquel que tienen los gestores de fondos de pensiones (entre otros), y el de los inversores particulares, y se llama así justamente por lo contrario al inteligente, invierten peor que el promedio del mercado.

Hay mucha controversia con estos términos, que yo personalmente considero despectivos, ahora bien, si es cierto, los datos así lo avalan, que los inversores particulares suelen hacerlo peor que los inversores profesionales. ¿Por qué?

Tiene que ver la menor preparación, que tienen peores menos instrumentos de información y gestión, que tienen menos tiempo, que no son profesionales del sector (solo los mejores van al "dinero inteligente"), pero también tiene que ver, y mucho, que los proyectos que se les ofrecen son menos interesantes que a los otros inversores. Matt Levine, de Investment Food Chain Bloomberg, afirmó recientemente a este respecto:

"Al organizar la financiación de capital, las empresas privadas prefieren aquellos inversores con los bolsillos más profundos: empresas de capital riesgo, fondos de capital privado y compradores corporativos. En aras de la simplicidad, es mejor tener varios compradores que varias docenas, y mejor aún tener solo uno.

Efectivamente, los mayores inversores institucionales tienen el derecho del primer rechazo. Las empresas que buscan capital comenzarán llamando a sus puertas. Si a los gigantes les gusta lo que ven, harán una oferta. Si no es así, las compañías bajarán la escala de riqueza, presentándose a instituciones más pequeñas y o oficinas familiares. Si eso no funciona, entonces las compañías bajarán otro nivel, al comprador de capital privado de último recurso: la riqueza cotidiana.

Este proceso no dañaría a los peces pequeños si los peces grandes no fueran discriminatorios. Si ese fuera el caso, la mercancía que llegara al final de la cadena alimentaria coincidiría con la calidad de la que consume la parte superior. Desafortunadamente para aquellos que deben esperar su turno, los peces gordos son compradores expertos. Cuentan con abundante personal con inversores experimentados, y evalúan sus posibles negocios de manera más exhaustiva que casi cualquier otra persona al comprar una acción que cotiza en bolsa.

Como resultado, escribe Levine, hay una especie de segmentación en los mercados privados, en la que a las grandes instituciones y a personas muy ricas se les ofrecen oportunidades privadas que son desproporcionadamente buenas y de rápido crecimiento, mientras que a las personas apenas acreditadas se les ofrecen oportunidades que son fraudes desproporcionados.

En general, las compañías con las mejores oportunidades probablemente desearán obtener capital privado eficientemente de un pequeño grupo de grandes inversores, mientras que las compañías con las peores oportunidades probablemente se comercializarán fuertemente entre los dentistas".

"A pesar de estas objeciones, me inclino a estar de acuerdo con la idea general del argumento de Levine", afirma el analista de Morningstar John Rekenthaler, y añade: "Es peligroso para los pequeños inversores emular el comportamiento de los gigantes, por varias razones. No pueden realizar la misma cantidad de investigación; con frecuencia se les ofrecen bienes de segunda categoría; y son el blanco de firmas depredadoras de Wall Street. Son vistos y tratados como los tontos de la mesa.

Un ejemplo claro de lo que dicen estos autores son las OPVs, donde los inversores profesionales ya han tomado una participación importante de las empresas en su nacimiento o en sus primeros pasos, y luego la venden a los ansiosos inversores particulares en el mercado a un precio más alto. La historia demuestra que por bien que se comporten esas acciones posteriormente a la OPV, los inversores institucionales habrán hecho un negocio mucho mejor.

El dinero tonto lo tiene muy difícil para dejar de ser tonto.

Lacartadelabolsa


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