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Rajoy nos vende humo fiscal

por Laissez Faire Hace 5 años
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Mariano Rajoy acudió al debate del Estado de la Nación con el objetivo de concentrar toda la escenificación broteverdista que ya viene desplegando desde la segunda mitad de 2012, momento en el que Mario Draghi rescató a su Gobierno estabilizando la prima de riesgo de España.

Mas lo relevante del circo político de ayer no fue el henchido triunfalismo de Rajoy, quien por algo se encuentra inmerso en precampaña electoral, sino los paupérrimos anuncios que efectuó a propósito de la inminente reforma tributaria que prepara su Ejecutivo.

En este sentido, los conejos tributarios que Rajoy se sacó de la chistera ilustran perfectamente cuál será la finalidad de esta reforma tributaria: aparentar que se bajan los impuestos al tiempo que se consolidan las brutales exacciones fiscales que este mismo Ejecutivo ha aprobado desde que llegó al poder con tal de mantener a flote la burbuja estatal que construyó Zapatero.

El primero de estos conejos: la tarifa plana de 100 euros mensuales en cotizaciones a la Seguridad Social para nuevas contrataciones indefinidas. La medida parte de una buena idea -la necesidad de abaratar el coste del empleo minorando esa sobrecarga del 36 por ciento que suponen las cotizaciones sociales-, pero se implementa de un modo horroroso: la bonificación se limita a dos años y el empresario deberá reintegrarla si durante los tres siguientes despide al trabajador.

En otras palabras, la propuesta pretende incentivar al empresario a que dé empleo a parados cuya contratación no es rentable sin la rebaja de las cotizaciones y a que mantenga esa relación laboral durante tres años (uno de ellos sin bonificación alguna).

¿Qué empresario se lanzará a hacerlo? Sólo aquellos que sean muy optimistas con respecto a nuestro futuro y confíen en que la contratación no rentable hoy pasará a serlo mañana: esto es, aquellos empresarios que igualmente habrían contratado sin esta rebaja temporal y condicionada de las cotizaciones.

Si de verdad Rajoy deseara estimular la creación de empleo, lo que debería haber hecho es decretar un recorte permanente de la mordida de la Seguridad Social, que es justo lo que prometió hacer dos años atrás. Pero el antiliberal presidente del Gobierno ha optado por camuflar ese flagrante incumplimiento lanzándonos un hueso de goma con el que entretenernos.

El otro conejo de la chistera que extrajo ayer Rajoy fue el de eximir del pago de IRPF a todos aquellos trabajadores con rentas inferiores a 12.000 euros anuales.

Se trata del idéntico populismo fiscal que ya pusieron en práctica Monago y Feijóo en sus respectivas autonomías: bajar mínimamente el IRPF a los tramos más bajos de renta para poder vender propagandísticamente a sus electores que han recortado impuestos a la mayoría de la población.

Mas, precisamente porque los jerarcas populares se encargarán de repetir sus mentiras hasta la saciedad, conviene que tengamos bien presente cuál es la realidad. Primero, la recaudación por IRPF procedente de este conjunto de trabajadores apenas alcanza los 2.000 millones de euros, menos del 3% del total: de momento, Rajoy ha aumentado la sangría del IRPF en más de 6.000 millones y pretende comprar el cómplice silencio de los ciudadanos con una cicatera devolución de 2.000 millones.

Y segundo y principal, el tipo medio efectivo de las rentas inferiores a 12.000 euros no llega al 4%, esto es, quienes ganan menos de esta suma ya no pagaban prácticamente nada de IRPF: lo que sí pagaban, y en importantes cantidades, era el IVA, una gabela que Rajoy ha llevado a máximos históricos y que no tiene ninguna intención de retocar. El saldo fiscal de la política rajoyana será muy negativo para todo el mundo, incluyendo los ciudadanos con menor renta.

En suma, los detalles, escasos pero significativos, que ha avanzado Rajoy a propósito de su proyecto de reforma fiscal sólo ponen de manifiesto que se tratará de un aguinaldo tributario con el que intentar maquillar los escandalosos incumplimientos de su programa electoral.

Lejos de afrontar un proyecto verdaderamente reformista y liberal, consistente en reducir con energía el tamaño del Estado para poder recortar con igual ímpetu los impuestos, Rajoy se pliega al consenso socialdemócrata y abraza con entusiasmo una gigantesca Administración estatal que él se atreve a tildar de no elefantiásica y a la que le encomienda la ditirámbica misión de ser el nuevo motor de nuestro crecimiento. Más gasto público y más impuestos: ese será el legado hacendístico del dúo Rajoy-Montoro por mucho que vayan a intentar engañarnos.


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